jueves, septiembre 19, 2013

¿En política la estatura importa?



La pregunta viene a colación por la siguiente razón. El pasado domingo 15 de septiembre se conmemoró el 203 aniversario del Grito de Independencia de México. Como cada año, el presidente de la República acude a Palacio Nacional a celebrarlo. Parte del protocolo de celebración contempla dos escenas: una, cuando el presidente recibe la bandera nacional de manos de cadetes del Colegio Militar; dos, el “Grito” propiamente dicho, es decir, la alocución del presidente en la que enlista a los “héroes que nos dieron Patria” y la arenga en la que exclama “Viva México”.

Como cada año, en mi casa nos reunimos para celebrar el Grito de Independencia en familia. Padres, hermanos y sobrinos cenamos comida típica mexicana (pozole, tostadas, tacos). Y vemos la ceremonia del “Grito” a cargo del presidente de la República. En esta ocasión me llamó la atención que varios de los integrantes de mi familia hicieran comentarios en relación con la estatura del jefe del Ejecutivo cuando recibía la bandera de la escolta del Colegio Militar. Todos coincidían en señalar la baja estatura de Enrique Peña Nieto. Lo que me llamaba la atención es que mis familiares señalaban esa característica del presidente como un defecto, incluso como un rasgo de debilidad o de poder acotado, es decir, como si la estatura fuera directamente proporcional a capacidad de ejercicio de poder: entre más alto más poderoso, mientras más “chaparro” más débil.



Desconozco si por motu proprio o por recomendación de sus asesores, el presidente Peña, de acuerdo con el periodista Alberto Tavira, “modifica su estatura (1.72) con unas plantillas especiales que se añaden por dentro a los zapatos para aumentarle unos centímetros”. La estatura promedio del hombre mexicano es de 1.64 metros. Y es que, como documenta Luis Arroyo en su extraordinario libro El poder político en escena, “hay una base biológica en esa prosaica vanidad humana (similar a la de otros muchos animales) de querer aparentar ser más alto…(a través) de banquetas, tarimas o alzas en los zapatos”.

En noviembre de 2007, Zach Kanin, autor de The Short Book, publicó un artículo en The Huffington Post, titulado: Does Height Matter in Politics?, donde refiere que desde la irrupción de la televisión en las campañas presidenciales estadounidenses (1960) y hasta el año 2008, únicamente tres candidatos más bajos de estatura que sus oponentes lograron ganar (Richard Nixon frente a McGovern; Jimmy Carter frente a Gerarld Ford; y, George Bush Jr. Frente a Gore y Kerry). Los otros ocho, desde John F. Kennedy hasta Barack Obama, que resultaron victoriosos, eran más altos que sus adversarios.

Retomando a Arroyo:

“Los grandes suelen ser más poderosos en el reino animal, y también en nuestra especie: los líderes nacionales suelen tener una estatura superior a la media de sus súbditos, y hay una cierta relación entre la altura física y la victoria electoral. La talla media de los presidentes de Estados Unidos es casi cinco centímetros superior a la media de la población adulta masculina…motivo por el cual, cuando hay debates electorales, los candidatos bajos quieren debatir sentados, y los altos, de pie”. O utilizando un banco para aparentar más altura y equilibrar, momentáneamente, su estatura con la del oponente.

En la elección presidencial del año 2000 en México, Vicente Fox utilizó como una de sus armas de contraste la menor talla de su principal contrincante, el priísta Francisco Labastida, quien incluso se quejó frente a las cámaras de televisión durante el primer debate porque el panista le llamó: “chaparro…mariquita…'la vestida'…mandilón”. En otro orden de palabras, la estatura también sirve de ventaja comparativa frente al oponente.


En los meses previos a las elecciones presidenciales de 2012, para ser más exactos en junio de 2011, el entonces aspirante a la candidatura del Partido Acción Nacional a la presidencia de la República y a la sazón secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio (q.d.e.p.), lanzó una campaña de posicionamiento y contraste con el puntero en las encuestas, el todavía gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto. El elemento de contraste era, precisamente, la estatura. Aún más, el contraste estaba acompañado de una frase que en realidad era un juego de palabras que se presta al doble sentido: “El tamaña sí importa”, que aludía claramente a la diferencia de estaturas entre el funcionario federal y gobernador mexiquense. La campaña atrajo el interés de los medios de comunicación, se generaron debates entre periodistas, pero de poco sirvió a Lujambio para fortalecer su posicionamiento.



En suma, parafraseando al finado Alonso Lujambio, podemos decir que en política la estatura sí importa. Aunque pareciera una condición necesaria pero no suficiente ya que un político puede ser el candidato de menor estatura y ganar o ser un gobernante alto pero ineficaz. Ejemplos de ambos casos sobran. 

jueves, febrero 28, 2013

Curso de especialización en comunicación política




Esta semana, del 26 de febrero al 1 de marzo, se llevó a cabo el Curso de especialización en comunicación política en la sede del Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca, organizado de manera conjunta entre esta institución y la Asociación de Intercambio Cultural de Uruguay.

En el curso, consultores de Europa y América Latina ofrecieron conferencias y talleres sobre comunicación política. Por ejemplo, la doctora Flavia Freidenberg, directora precisamente del Instituto Iberoamérica, habló de “Elecciones, campañas electorales y comunicación persuasiva”; Miguel de Luca, integrante de la Sociedad Argentina de Análisis Político, abordó el tema de “Las reglas del juego: los sistemas electorales y sus incentivos”; Gabriel Colomé, profesor del Instituto de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Barcelona, ahondó sobre “Estrategias electorales”.  El programa completo está disponible aquí.

Los organizadores tuvieron a bien subir al sitio web del Instituto una valiosa serie de documentos de apoyo generados por los expositores del curso. Si bien no son las presentaciones de sus exposiciones, sí son libros, artículos o ensayos igualmente valiosos. Vale la pena destacar, por ejemplo:

  1. El príncipe mediático, de Gabriel Colomé. Un excelente texto que abreva de Maquiavelo, por supuesto, y que describe el nuevo escenario político en el que convergen los actores políticos, los medios de comunicación y la opinión pública. El ensayo es resultado de una estancia de tres semanas del autor en Estados Unidos para seguir las elecciones primarias de los partidos republicano y demócrata en el ya lejano año 2000.
  2. El príncipe en campaña, de Gabriel Colomé. Un ensayo sobre las elecciones en Cataluña, las generales de España y las presidenciales de Estados Unidos en las que se reeligió George W. Bush, todas celebradas en distintos meses de 2004. 
  3.  La influencia del conocimiento político en las decisiones del voto, de Martha Fraile. Un artículo académico interesante que “discute y compara dos lógicas explicativas del comportamiento electoral: el voto por resultados y el voto ideológico".


Hay más documentos disponibles en este enlace.

En la cuenta de Facebook del Insituto Iberoamérica se pueden ver fotografías de los conferenciantes y rescatar algunas frases de cada una de sus ponencias o talleres.

jueves, enero 31, 2013

Campañas negativas en México

Las campañas negativas tienen corta data en México. Aunque fueron usadas profusamente desde los noventa así como en la campaña presidencial de 2000, la imagen más fresca que tenemos los mexicanos de una campaña negativa es la de 2006 cuando Felipe Calderón tildó a Andrés Manuel López Obrador de “un peligro para México”.

La literatura sobre el tema es vasta. Sin embargo, hay al menos tres textos emblemáticos para entender los efectos que tiene este tipo de campañas en el electorado. El primero es un libro considerado clásico sobre las campañas negativas: Going Negative, de Stephen Ansolabehere y Shanto Iyengar (The Free Press, 1997). Los autores muestran suficiente evidencia empírica para aseverar que las campañas negativas tienen doble impacto sobre los electores. Por un lado, polarizan al electorado entre dos opciones. Por otro, constriñen la participación electoral.

El segundo es uno de los mejores libros que he tenido oportunidad de leer sobre este apasionante tópico, me refiero a In Defense of Negativity (The University of Chicago Press, 2006), del profesor de la Universidad de Vanderbilt John G. Geer, quien analiza la publicidad negativa utilizada en las campañas presidenciales norteamericanas entre 1960 y 2004, y prueba que los spots negativos enfatizan más en las características personales de los candidatos que en los temas de interés general. De acuerdo con Geer, y yo coincido, este tipo de spots contribuyen al proceso democrático, ya que ofrecen a los votantes información relevante y sustancial sobre quienes pretenden gobernarlos.

Y el tercer texto es un libro de publicación más reciente, El arte de ganar (Debate, 2010), cuyos autores son dos destacados consultores latinoamericanos, Jaime Durán Barba y Santiago Nieto, quienes hacen un repaso de cómo se ha usado el ataque en campañas electorales que han tenido un éxito destacado en la región, entre los que destaca, precisamente, la derrota de Andrés Manuel López Obrador hace 6 años.

En la más reciente elección presidencial, más allá de la campaña negativa de la que fue objeto el candidato presidencial del PRI, Enrique Peña Nieto fue victimario de sí mismo. Error tras error, un día sí y otro también, en diciembre 2011, Enrique Peña Nieto afectó su imagen de político con capacidad para gobernar, rayó su imagen impoluta de gobernante eficaz y debilitó su estilo de liderazgo. Y las encuestas publicadas así lo evidenciaron. No sólo en la intención de voto, sino en el incremento de sus negativos, incremento que refleja lo que John G. Geer advierte en su libro, a través de las campañas negativas (y peor aun cuando el propio candidato se autoinflige los golpes) aumentan las dudas entre los electores sobre la capacidad de liderazgo del candidato.

La reforma electoral aprobada en México en 2007 instaló a rango constitucional la prohibición de realizar campañas negativas en medios electrónicos. En 2012 las campañas de contraste no desaparecieron, y además de la radio y la televisión, se libraron cruentas batallas en diferentes arenas: de la electrónica pasaron a la digital y a la de tierra, y de ahí regresaron a la televisión y a la radio en forma de notas informativas a través de los noticiarios cuando éstos presentaron lo que estaba sucediendo en la Internet y en las calles.

En Estados Unidos se suele privilegiar la campaña negativa basada en evidenciar las contradicciones entre la vida pública y la vida privada de los candidatos. En ocasiones ha habido éxito. En el caso mexicano, los comicios más polarizados fueron los de hace seis años. En la elección presidencial de 2006 en México, la campaña negativa del PAN en contra del candidato de izquierda, Andrés Manuel López Obrador, se basó fundamentalmente en reforzar sus debilidades, errores y contradicciones a lo largo de su trayectoria pública, particularmente mientras fue Jefe de Gobierno del Distrito Federal. En 2012, el PAN nuevamente echó mano de la campaña negativa para disminuir las preferencias electorales del puntero en la carrera presidencial, Enrique Peña Nieto, pero ahora le resultó contraproducente. Y cuando se dio cuenta, su candidata presidencial ya estaba en tercer lugar.

   

Las campañas negativas no necesariamente son difundidas de forma abierta por los candidatos, sus equipos o los partidos, sino por grupos de interés que irrumpen en el escenario como terceros en discordia. En Estados Unidos es el caso de las PAC (Political Action Committee), cuyo mejor ejemplo de influencia en una elección se puede verificar en la carrera presidencial de 2004, cuando el “Swift Boat Veterans for Truth” mostró la debilidad de las cartas credenciales militares del entonces candidato demócrata, John Kerry. En México, un buen ejemplo es el papel que jugó el Consejo Coordinador Empresarial, una agrupación nacional de empresarios, en contra de Andrés Manuel López Obrador contratando espacio en la televisión para difundir spots que veladamente llamaban a no votar por un cambio que pusiera en riesgo la estabilidad económica lograda durante los gobiernos panistas. 

Una campaña negativa también puede revertirse a su creador cuando se equivoca en el destinatario. Por ejemplo, en 2011, en la elección para renovar la gubernatura del Estado de México, el principal partido de izquierda, el PRD, lanzó una campaña en contra del gobernador de ese estado, Enrique Peña Nieto. Lo que los perredistas pasaron por alto fueron dos factores: uno, que el gobernador era muy bien evaluado por la mayoría de la población, motivo por el cual prácticamente cualquier crítica a su gestión era repelida por su popularidad; dos, que el gobernador no estaría en la boleta electoral, sino el candidato de su partido: Eruviel Ávila Villegas. El candidato del PRI ganó la elección con una ventaja y un número de votos históricos. 

Finalmente, advertir que una campaña negativa no es el factor único por el que un candidato gana o pierde una elección. Por lo menos, yo no conozco un caso en el que así haya sido. Quien asegure, por ejemplo, que en 2006, López Obrador perdió la elección presidencial sólo por la campaña negativa del PAN en su contra, ignora u obvia que AMLO, como también se le conoce, desatendió las encuestas que le advertían que su más cercano competidor estaba a punto de alcanzarlo; que el único estratega de su campaña era él, que a nadie más escuchaba; que minimizó el efecto de no asistir al primer debate; que soslayó la fuerza de los medios de comunicación masiva; y que no quiso llegar a acuerdos políticos con actores al final contribuyeron a su derrota como lo fueron la líder del sindicato de maestros y algunos gobernadores priístas. 

Asimismo, quisiera compartir una experiencia que viví en 2010 durante la elección de gobernador de un estado al norte del país. Mi experiencia muestra que públicamente los ciudadanos rechazan las campañas negativas, argumentando que prefieren campañas de propuestas para conocer cómo pretenden gobernar los candidatos. Sin embargo, hay evidencia empírica que revela que los ciudadanos toman en cuenta la información ofrecida por las campañas negativas para definir su voto. Retomando el caso de la elección de gobernador del mismo estado en el norte del país en 2010, les comparto que a mitad de la campaña realicé investigación cualitativa, cuyos resultados arrojaron que los participantes rechazaban la campaña negativa del principal candidato opositor en contra del candidato del partido oficial. Sin embargo, cuando realicé otra ronda de focus groups después de la elección para identificar las motivaciones del voto, me encontré con que la mayoría de los participantes que aseguraban haber votado por el candidato opositor, ciudadanos volátiles, sin identificación partidista, esgrimían como argumentos para votar en contra del candidato oficial los mismos argumentos que contenía la publicidad política de la campaña negativa difundida por la coalición opositora. 

En suma, las campañas negativas son necesarias en el debate democrático, indispensables en el diseño de una campaña profesional y fundamentales como un elemento más de la constelación de factores que inciden en un triunfo electoral, pero no razón única del mismo.

jueves, diciembre 20, 2012

Alazraki, sus memorias y la simplificación del marketing político



 
Un amigo me vio con el libro entre las manos. Me cuestionó. Mejor dicho: me criticó. “¡¿Cómo, tú leyendo ‘eso’?! Dubitativo, con asombro me preguntó: “¡¿De verdad, no había nada mejor en la librería?!”. Sólo atiné a responderle que estaba obligado a llegar a la última página de ese y de cualquier otro libro cuya lectura haya iniciado. No sin pesar, eso hice con Creer, crear, crecer. Memorias de un publicista de Carlos Alazraki (Planeta, 2012).
Cuando lo vi en la mesa de novedades, inmediatamente vinieron a mi mente varios de los spots más polémicos de la imberbe historia de la publicidad política en México. “Dale un madrazo al dedazo” (Roberto Madrazo, 1999). “Los derechos humanos son para los humanos, no para la ratas” (Arturo Montiel, 1999).  “A mí no me va a temblar la mano, porque si algo me sobra son éstos” (Jorge Hank, 2004, señalando los huevos que el mesero le lleva a su mesa para desayunar). "Con Roberto Madrazo te va a ir muy bien" (2006).



Y es que, como se asegura en la contraportada: “La historia de Carlos Alazraki está asociada al desarrollo de la publicidad en México. Tanto en la iniciativa privada como en su controvertida incursión en el marketing político…”. Por supuesto, este último aspecto es el que me motivó a comprarlo y leerlo, pues “narra su acercamiento a la política en las campañas de Ernesto Zedillo, Luis Donaldo Colosio y Roberto Madrazo; (así como) sus grandes decepciones al respecto”.
Empecé la lectura del texto con limitadas expectativas aunque con cierto interés. Conforme avancé, página tras página, la decepción fue in crecendo. En algún momento, cruzó por mi mente  una extraordinaria reseña literaria de Rafael Lemus sobre una “novela” de Guadalupe Loaeza. Si se sustituye el nombre de la autora de Las yeguas finas por el de Carlos Alazraki, el cambio es imperceptible. Parafraseando a Lemus, podríamos decir:  

“¿Para qué escribir sobre Carlos Alazraki? Es un blanco demasiado fácil. Leerlo es ya acribillarlo: sus líneas se refutan a sí mismas y van cayendo una a una. No es necesario dispararle, a menos que se quiera rematar un cadáver. La crítica…, en su caso, sobra. Mejor sería ignorarlo, pero no siempre es posible: publica, opina, es tomado en serio por otros... Más aún: es el síntoma más visible de una enfermedad que ocupa nuestras mesas de novedades”.
El libro no lo escribió Alazraki. Lo dictó. De otra forma no se podrían entender errores garrafales tales como escribir “Grupo Asir” por “Grupo Acir”; o “restaurante Elago” por “Restaurante El Lago”; o “belew de line” por “Below the Line (BTL)”. La sospecha se confirma en la Introducción, donde agradece a “dos extraordinarios escritores: Mónica Braun y su hermano, Bela…Les juro que sin ellos, no habría libro”. Quizás no sean “dos extraordinarios escritores”, pero sí son pésimos transcriptores porque los errores pululan por doquier.

Aún más. Las Memorias de un publicista están infestadas de palabras soeces. Que no es un agravio si estuvieran justificadas. Pero en este libro, la única justificación es el florido lenguaje de mecapalero del “dictador” (no por ser el sátrapa de algún país bananero, sino por ser quien dictó las líneas transcritas en este texto). Una página sí y otra también se la pasa hablando de “este cabrón”, “le dije que era un chingón”, advirtiendo que “ya chingué”, despotricando “¡qué poca madre!”, advirtiendo que “a mí me valió madres”, preguntando a alguien si “¿tú crees que soy tan pendejo…?”, que él vive “sin pedos” aunque “Él se cagó”.
Más allá de estas minucias, lo que Alazraki en realidad cuenta a lo largo de su autobiografía es la vida de un junior cuyas únicas gracias han sido nacer y crecer en la “comunidad judía adinerada”, tener abuelos “también muy ricos” y dedicarse desde la infancia a “echar desmadre”. Incluso, la incursión de Alazraki en la televisión y la publicidad no son producto de la cultura del esfuerzo sino de la constante intermediación de amigos o familiares.

A diferencia de lo que asevera (“creo que he sido un buen estratega”), Alazraki no es un estratega de mercadotecnia política, es, eso sí, un creativo de publicidad política. Por eso se agradece el momento de sinceridad que regala en la página 142, cuando reconoce que: “una elección no se gana por la publicidad. Se puede perder por la publicidad, pero no ganar. El secreto de la elección es tener movimiento territorial, el famoso acarreo”.  
En efecto, son tantos los factores que intervienen en una campaña electoral, que la publicidad es uno más de decenas de ingredientes que se mezclan para incidir en el resultado final de una elección. Quien asegura que gracias a un spot, un espectacular o un pendón ganó una elección, miente con alevosía o lo dice por ignorancia.

Y no puede ser un “buen estratega” de mercadotecnia política un publicista que simplifica el complejo proceso de comunicación política a la trillada imprecación de que: “El candidato es una bolsa de papitas…su vestuario es la etiqueta, la envoltura; sus discursos son el sabor del producto; sus propuestas son los nutrientes que contiene”. ¿Y su partido, y su trayectoria, y el gobierno al que representa en caso de ser del partido en el poder?
Tampoco es un estratega aquel publicista que descree de la investigación, no lo es quien descalifica los resultados que lo contradicen y toma decisiones con base en su intuición, diciendo: “a mí me valió madres: ‘no saben lo que dicen: así se queda’”.

El colmo de la simplificación es reducir la mercadotecnia política a una “receta de cocina” de cinco pasos: 1. Presentar al candidato; 2. Mostrar la trayectoria del candidato: “Ha sido secretario de esto, subsecretario de aquello, director de no sé qué…por lo tanto sabe un chingo” (y yo me pregunto: ¿si es un candidato ciudadano sin experiencia política, entonces me salto el paso dos?); 3. Presentar las propuestas del candidato. 4. Los testimoniales de la gente que va a votar por el candidato. 5. Pedir el voto: “Hola, público, soy Fulanito de Tal, durante estos meses estuve jodiéndoles, ahora con toda humildad les pido su voto para que vivan mejor”. A eso, dice Alazraki, “se reduce una campaña política”.
Por eso, por esa visión tan limitada, porque está mal transcrito y porque no le tiene respeto al lector es que Creer, crear, crecer. Memorias de un publicista de Carlos Alazraki es el peor libro que leí este año.
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ALAZRAKI, Carlos, Creer, crear, crecer. Memorias de un publicista, Planeta, México, 2012.
196 pp.

martes, diciembre 18, 2012

Teoría de Juegos y elecciones en el Estado de México


“El juego del gallina” y la designación del candidato del PRI

a gobernador del Estado de México en 2011


 
El propósito de este texto es analizar, a través del tamiz de la Teoría de Juegos, específicamente por medio de “El juego del gallina”, la designación del candidato del Partido Revolucionario Institucional a Gobernador del Estado de México, durante el proceso electoral de 2011.

1.    La Teoría de Juegos y “El juego del gallina”, un problema de desgaste

El creciente uso que se hace de la Teoría de Juegos se debe principalmente a que su estructura matemática le ha brindado más solidez a las explicaciones que de ella se derivan sobre procesos y fenómenos sociales.

De hecho, la Teoría de Juegos nos concede la posibilidad de explicar la interacción estratégica entre individuos[1], es decir, de esta forma podemos entender las acciones del pasado o, incluso, predecir acciones en el futuro, pues logramos identificar los incentivos que llevan a los actores a entrar en conflicto o a cooperar.

Para explicar un proceso o fenómeno social, debemos comparar a la interacción social con un “juego”, cuyos componentes son: reglas, jugadores, acción, información, estrategias, equilibrio, pagos y resultados. A través de estos “juegos” podemos: entender qué pasó y/o qué sucederá. Es factible que en un “juego” se dé un “equilibrio”, situación en la que “todos los jugadores toman la decisión adecuada”[2].

La Teoría de Juegos contempla diversos tipos de “juegos”, tales como: El dilema del prisionero o Un problema de cooperación; La batalla de los sexos o Un problema de coordinación; El juego del gallina o Un problema de desgaste.

Este último juego es el que nos permite analizar la interacción estratégica que se dio en la designación del candidato del PRI a la gubernatura mexiquense.

En el juego del gallina se toma como referencia la película protagonizada por James Dean “Rebeldes sin causa”, (1955), en la que dos personajes antagónicos “quieren impresionar a sus amigos”, por lo que juegan a “La Gallina”: dos automóviles son manejados uno hacia el otro a gran velocidad. El primero en salirse de la carretera pierde (es un Gallina). “El más ‘macho’ gana”.

Las opciones que existen son tres: 1. Ambos giran y son igualmente gallinas; 2. Ambos siguen de frente y chocan; y, 3. Uno gira (es gallina) y el otro sigue de frente (es macho). En este juego se dan dos equilibrios de Nash (ambos jugadores toman la decisión adecuada): a. De frente, Girar; b. Girar, De frente. En este caso, “ninguno de los jugadores se puede beneficiar al cambiar su acción unilateralmente[3].

Por lo tanto, cada jugador prefiere que el otro haga el sacrificio primero, por lo que hay incentivos a retrasar la decisión lo más posible. Así es como los jugadores se desgastan hasta que no aguantan más y existe un riesgo real de choque.

2.    El juego del gallina y la elección de gobernador del Estado de México en 2011

Lo que el juego del gallina ilustra es que hay situaciones donde: 1. Se avecina un desastre si nadie cambia de curso; 2. Los jugadores se desgastan al participar en el juego; 3. Los incentivos hacen que un choque sea muy probable; por lo que, como se afirma líneas arriba, “hay incentivos a retrasar la decisión lo más posible”.

Esto último es lo que describe a la perfección el proceso de designación del candidato del PRI a la gubernatura del Estado de México en 2011, esto es, El juego del gallina nos permite explicar por qué Enrique Peña Nieto (EPN) eligió a Eruviel Ávila Villegas (EAV) como el abanderado de su partido. Veamos.  

Se ha convertido en lugar común decir que la elección a gobernador mexiquense es “el laboratorio electoral” de la elección presidencial del año siguiente. Lo que es parcialmente cierto, pues tal profecía no se materializó en las elecciones presidenciales de 2000 ni en 2006.

En 1999, el priísta Arturo Montiel ganó la gubernatura del estado de México, pero al año siguiente su correligionario Francisco Labastida perdió la presidencia de la República frente al panista Vicente Fox.

En 2005, Enrique Peña Nieto derrotó al “feo” Rubén Mendoza Ayala, pero esa victoria de nada sirvió a Roberto Madrazo un año después: quedó en tercer lugar en la carrera presidencial, muy lejos del panista Felipe Calderón y del perredista Andrés Manuel López Obrador. En 2011 y 2012 la historia sería diferente.

En efecto, en 2011, con una votación histórica, el priísta EAV gana la gubernatura mexiquense. Doce meses después, EPN se convierte en presidente de la República.

Este es el contexto, ahora veamos los componentes del juego:

Reglas claras. Las escritas: en el sistema electoral mexicano, sólo los partidos políticos pueden postular a candidatos a puestos de elección popular. Las no escritas: el gobernador en turno elige al candidato de su partido para sucederlo.

Jugadores. EPN, gobernador del Estado de México. EAV, presidente municipal de Ecatepec y aspirante a la candidatura del PRI a Gobernador del estado de México.

Estrategias. EPN mantiene en secreto su decisión hasta el último momento, mientras tanto evalúa las probabilidades de triunfo de los distintos aspirantes a la candidatura (Alfredo del Mazo, alcalde de Huixquilucan y primo de EPN; Ricardo Aguilar, presidente del Comité Directivo Estatal del PRI y amigo personal de EPN; Ernesto Nemer, líder de la bancada priísta en el Congreso local; Luis Videgaray, ex secretario de Finanzas del Gobierno del Estado de México y en ese momento diputado federal, y el propio Eruviel Ávila Villegas) y los efectos políticos de su decisión, tanto en la elección estatal como en el proceso federal próximo.


Por su parte, EAV anuncia públicamente su intención de ser el sucesor de EPN, pero en privado se reúne con líderes locales del PRD y les pide “que el PRD me deje abierta la puerta hasta donde se pueda, y si se cierra dejen abierta la ventana”[4]. En efecto, retrasa su “decisión lo más posible”.

Equilibrio. En este “juego”, el equilibrio se da en el momento en que “ninguno de los jugadores se puede beneficiar al cambiar su decisión unilateralmente”, es decir, ambos jugadores se benefician de tomar la decisión adecuada hasta el último momento. En este caso, EPN de evaluar cuál es aspirante que más le conviene designar, de acuerdo con sus intereses políticos personales. Y en el de EAV, esperar hasta el último momento para saber si el gobernador lo bendice con la designación o buscar la postulación por la coalición opositora PAN-PRD[5].

Acciones. Finalmente, la madrugada del sábado 24 de marzo de 2011 se definió la “candidatura de unidad” del PRI a la gubernatura del presidente municipal de Ecatepec, EAV. Y la mañana de ese mismo día los otros aspirantes declinaron y le alzaron la mano al ungido. Pocas horas más tarde, el Ayuntamiento de Ecatepec otorga la licencia definitiva a EAV, quien al día siguiente se registra como candidato del Partido Revolucionario Institucional[6].

Pagos. EPN garantiza la unidad de su partido, designa al candidato más competitivo, le quita a la oposición la posibilidad de postular a un ex priísta que ponga en riesgo la elección para el PRI, obtiene un triunfo contundente, una transición tersa y, así, fortalece sus aspiraciones para ser el candidato a la presidencia de su partido.

EAV gana la postulación de su partido, triunfa en la elección y se convierte en gobernador del estado de México, el primero en más de cuarenta años que no proviene del Valle de Toluca.

Resultados. EAV gana la elección de gobernador con una votación histórica: obtiene el 62 por ciento de los votos y es el primer candidato que recibe más de tres millones de votos en una elección del estado de México.

Por su parte, EPN sale fortalecido, mantiene para su partido la gubernatura (y él conserva el control de las principales áreas del gobierno mexiquense: finanzas, salud, seguridad, fiscalía), gana la postulación a la presidencia y, un año después, triunfa en la elección presidencial.

3.    ¿Quién fue el gallina: EPN o EAV?

Una vez que se hizo pública la designación de EAV, los líderes nacionales del PAN y del PRD, Gustavo Madero y Jesús Zambrano, respectivamente, declararon: “La designación de Eruviel, por temor”[7].

Así es, por temor…pero de los dos jugadores. EPN quiso garantizar su sucesión y no poner en riesgo su candidatura presidencial. EAV no quiso arriesgarse a ser postulado por la coalición opositora hasta no saber si sería o no ungido como candidato.

4.    Conclusiones

 
a.    Cada jugador prefiere que el otro haga el sacrificio primero. Por eso hay incentivos a retrasar la decisión lo más posible. Y eso hicieron EPN y EAV no tomar una decisión hasta no saber qué haría el otro hasta el último momento.

b.    Los jugadores se desgastan hasta que no aguantan más, por lo que hay un riesgo enorme de choque. Para EPN el riesgo hubiese sido postular a Alfredo del Mazo (o Luis Videgaray o Ricardo Aguilar) con la probabilidad de perder o ganar por un margen apretado lo que hubiese complicado sus aspiraciones presidenciales, pues con un resultado así habría proyectado una imagen de debilidad e incapacidad para sortear dificultades electorales, generando la duda de que “si no pudo con su propia sucesión, menos podrá con una elección presidencial”.

Para EAV el riesgo hubiese sido ser postulado por la coalición opositora, ser competitivo, cerrar la elección, pero aun así perder, con lo cual no sólo perdía una elección sino corría el riesgo aún mayor de finiquitar su carrera política.

c.    Para evitar la colisión y así salir de El juego del gallina, EPN y EAV tuvieron que:

              i.        Ceder: EPN la candidatura a gobernador, EAV el control de las principales áreas del Gobierno del estado de México.

             ii.        Tener disposición a dialogar y negociar: eso hicieron. EPN negoció la candidatura a EAV a cambio del control político y económico del estado de México.

            iii.        Mantener el quid pro quo (hoy por ti, mañana por mí): EPN dispuso de todos los recursos políticos y económicos para la campaña de EAV a gobernador. EAV como gobernador hizo lo mismo a favor de la elección presidencial de EPN.

           iv.        Compartir las ganancias (compensaciones colaterales): EPN es presidente de la República. EAV, gobernador del estado de México.




[1] “Teoría de Juegos”, Dr. Guilles Serra.
[2] Ibidem.
[3] Ibidem.
[4] Una tarde de enero de 2011, en el restaurante Puerto Madero ubicado en Masaryk, en Polanco, Eruviel Ávila Villegas se reunió con Cipriano Gutiérrez Vázquez, secretario general del PRD en el Estado de México, quien le dijo al edil ecatepense: “Conoces la historia de tu partido en el Estado de México. Acá se abrió la puerta: queremos que seas candidato externo del PRD”. En ese momento, Eruviel le respondió: Me honra la consideración, pero en este momento no te puedo decir sí o no. Voy a pelear hasta el final en mi partido. Para leer una versión más amplia de esta reunión, leer el reportaje de Alejandro Sánchez, “El Vidriero. Un reportaje sobre el ascenso del nuevo PRI”, publicado en octubre de 2011, en la revista Gatopardo: http://www.gatopardo.com/ReportajesGP.php?R=109
[5] “En los últimos meses…(al) PRD, le había funcionado la estrategia de aliarse con el Partido Acción Nacional (PAN) en otros estados donde la fusión hizo el milagro de extirpar a los candidatos del PRI y poner un alto a los cacicazgos regionales. En el Estado de México esa fórmula no sólo tenía como propósito hacer ganar al PRD después de más de ochenta años de gobiernos del PRI, sino asestar a Peña Nieto, el priista más guapo y popular de los últimos tiempos, un golpe crucial en sus aspiraciones presidenciales”. Ibidem.